El sujeto se apartó de mí, sacó
su teléfono y comenzó a marcar números o, al menos, eso parecía. En medio de la
incertidumbre, yo decidí llamar a una compañera para que supieran de mi
situación, pues había salido simplemente a comprar pan y ya hacía demasiado
rato. En mi caso, la comunicación no fue posible. Mi asaltante seguía llamando
y hablando por su celular pero, de repente, volvió a abalanzarse sobre mí y, de
nuevo, agarró mi móvil. Comenzamos a forcejear otra vez, en este caso con mayor
hostilidad. La tensión iba en aumento cuando, de golpe, apareció una segunda
persona gritando que se añadió a la pugna por el smartphone y, viendo el cariz que tomaban las cosas, decidí
soltarlo. Me quedé expectante a ver si huían o permanecían allí. Los dos tipos
no se marcharon y siguieron gritándome y amenazándome. Echaban a los viandantes
y curiosos y, sin embargo, el grupo de personas que me increpaba iba en
aumento. Sin casi darme cuenta, me vi envuelto por un grupo de personas
amenazantes.
En medio de la confusión, se acercó una moto donde viajaba un amigo mío
burkinabé. Se detuvo y comenzó a hablar con los dos cabecillas y, finalmente,
dijo que era mi amigo y que yo estaba colaborando con una ONG. Cuán inoportuno
fue su comentario, pues el principal alborotador le respondió que, si era mi
amigo, él estaba también en el “complot”. Comenzaron a discutir vehementemente
y yo, como si fuera un juez de paz (aunque no tengo ninguna vocación para
ello), me interpuse entre ambos y les pedí que se calmaran, pues la policía ya
estaba al llegar (como si yo tuviera alguna idea del tiempo que tardaría). A mi
amigo le hicieron aparcar la motocicleta, probaron de cogerle las llaves y lo
retuvieron conmigo. Los dos promotores del incidente iban incitando a los
demás, que eran todos seguidores suyos; gente de a pie ya no quedaba nadie, los
habían echado a todos. Cuando peor se estaban poniendo las cosas apareció un
hombre muy bien vestido y muy educado que, con serenidad, consiguió hacerse con
el control de la situación. Entonces enseñó su insignia policial; era un
policía nacional de Burkina Faso.
Le intenté explicar al agente
lo sucedido y le pedí que dejara ir a mi amigo porque él no estaba implicado en
el lance. El oficial no hizo caso a mi petición y, simplemente, dijo que un coche
patrulla estaba en camino y pidió que se calmara todo el mundo. Pero el
principal instigador del altercado siguió encorajando a las masas y comenzó de
nuevo a gritarme y a gesticular, sin que yo pudiera comprender qué me estaba
diciendo. Intuí que quería que me sentara en un resalte y, una vez sentado, él
y su compinche se situaron a ambos lados. El policía se percató de este
movimiento y se acercó a nosotros. A los dos hombres les dijo que ellos no
tenían autoridad y, a mí, me pidió que me levantara y que me mantuviera a su lado.
Tras muchos minutos de angustia, apareció un coche patrulla. Me
preguntaba si serían miembros de la Policía Municipal o Nacional pero, una vez
salieron del automóvil y vi que portaban unas aparatosas metralletas, me quedó
claro: se trataba de efectivos de la Nacional. De nuevo, mis explicaciones
sobre la no participación de mi amigo fueron en balde, y nos hicieron subir a
los dos al coche patrulla. Una vez dentro del vehículo, se produjeron momentos
muy estremecedores; un grupo de hombres rodeó el automóvil y comenzó a
golpearlo. El conductor activó los seguros de las puertas y, solo unos segundos
después, los agitadores intentaban accionar las manetas de las portezuelas. El
coche inició su marcha y consiguió que el grupo se fuera disolviendo por la
parte delantera del patrullero hasta lograr alcanzar una velocidad de crucero. Estaré
siempre eternamente agradecido a esos agentes de la ley. De mi paseo en coche solo diré que notaba una
presión en el lado izquierdo de mi abdomen. Giré mi cabeza para ver qué era y
hallé mi respuesta: se trataba de la culata del subfusil que portaba el agente
sentado a mi lado. Volví a girar la cabeza y ya no me cuestioné sobre mi
comodidad durante todo el trayecto hasta llegar a la comisaría.
Llegamos a las dependencias
policiales y nos condujeron a una sala donde se encontraban tres oficiales
trabajando en sus respectivas mesas. Allí comenzó el baile. Era una oficina muy austera y muy funcional. Enseguida
comenzaron las preguntas y pudimos explicar nuestras versiones. Una vez más, y
de nuevo sin éxito, traté de exculpar a mi colega. Paralelamente, los dos
causantes de aquel episodio estaban en otra mesa declarando, pero no pude
entender qué decían.
El instructor que llevaba la investigación sacó mi móvil, lo puso en la
mesa y me pidió que introdujera la contraseña del terminal. A continuación, el oficial
comenzó a escudriñar mi teléfono. Por extraño que parezca, me sobrevino una
cierta sensación de tranquilidad (hoy en día un móvil es como un ordenador, es
increíble la cantidad de información y de mensajes que almacenamos en él).
Todas mis capturas las había hecho cumpliendo las leyes del país, aunque pudiera
haber algunas fotos de calle sujetas a la interpretación. Parecía que todo iba
bien, hasta que me pidieron el pasaporte y el visado. Como los tenía en la maison, les mostré mi carnet de
identidad, así como otras tarjetas identificativas. Me hicieron vaciar toda la
bandolera, y se quedaron con mi DNI, algunas tarjetas y una segunda SIM
española. A continuación, un subordinado nos hizo salir de la sala (a mi amigo
y a mí) y, acto seguido, nos invitó a entrar en otra sala, muy diminuta, que
como puerta tenía unos barrotes rectangulares muy gruesos y como pomo, un
candado tamaño XL. No hizo falta preguntar dónde nos estaban alojando.
El calabozo, que medía, aproximadamente, 4 m x 1,5 m, ya albergaba a dos
inquilinos. Como no sabía el tiempo que permaneceríamos allí, tiré del manual
de buenos modales y entablé una brevísima conversación con nuestros compañeros
de celda y, en ningún caso, les pregunté por qué estaban pasando la noche allí.
A los pocos minutos llamaron a mi amigo. Yo estaba expectante, visualizando el
espacio donde me encontraba. Como único mobiliario, dos esterillas extendidas
en el suelo, un piso encementado pero algo irregular. Como únicas aberturas,
una especie de claraboyas situadas en la parte alta (unos 4,5 m) de una pared
interior. Cuando me estaba acomodando
en la estancia, llegó mi turno. Otra vez en la sala de investigaciones.
Preguntas y más preguntas, aparentemente intrascendentes. En un momento de
confusión, apareció la hermana de mi amigo, que habla perfectamente español, lo
que fue un alivio, pues yo no sé francés y la comunicación era muy costosa.
Estuvo dialogando con varios agentes y, seguidamente, junto con dos policías,
me acompañó de nuevo al calabozo. Me dijo que debería pasar allí la noche y me
preguntó por si llevaba repelente de insectos. Lógicamente, no lo llevaba
encima. Le dije que ya llevaba semanas en el territorio y que estaba habituado
a esos fastidiosos mosquitos, pero la chica me dijo que era necesario y que
debía ponerme la loción por todas las partes descubiertas de mi cuerpo, porque
allí había muchas infecciones. En ese momento me sentí totalmente vulnerable.
Ella pidió a los funcionarios que me facilitasen un repelente y, estos, se
dirigieron a mis compañeros de celda, los cuales me facilitaron un spray antimosquitos. Me rocié de arriba
abajo como si de perfume se tratara. Antes de tener que marcharse y, a través
de los barrotes, ella me dijo que su hermano ya había podido marcharse, lo cual me quitó un peso de
encima. Le pregunté que si por un malentendido con un registro o con una foto te
encerraban, aquí, en el calabozo. Su respuesta provocó en mí el segundo peor
momento de la noche: “No se trata ni de
una fotografía ni de un vídeo. Aquí, un blanco, solo, de noche, en un lugar
donde no lo conocen y con una cámara… hay personas muy sensibles que creen que
se puede tratar de espías franceses”.
¡Espías franceses! El
espionaje es uno de los delitos más graves en Burkina Faso, se trata de un
delito contra la seguridad del Estado, y más aún en un país bajo un régimen de transición
militar. Y,
encima, ¡espía francés! El pasado 26
de junio, ocho días antes de mi llegada al país africano, Uagadugú rompió todos
los lazos diplomáticos con París, tras cuatro años de tensión entre ambos. Así
pues, de nuevo tenía el miedo metido en mi cuerpo.
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Me senté en el suelo del calabozo y apoyé mi espalda en una de las
paredes. Mi cabeza era una montaña rusa de interrogantes inquietantes. En
cualquier caso, me tranquilicé pensando en lo absurdo de la acusación y que, en
el peor de los casos, ningún tribunal la consideraría fidedigna por lo
descabellada que era. Además, simplemente estaba detenido a la espera de que la
investigación aclarara las cosas, así que comencé a distraer mi mente pensando
en qué estructura narrativa le daría a una nueva crónica periodística que
relataría esta vivencia, una vez fuera liberado, y en otros pensamientos
variopintos. El tiempo iba transcurriendo. Aunque, para mi sorpresa, no me
habían quitado ni la bandolera, llaves, cartera… sí que habían requisado el
móvil y no llevaba reloj. A pesar de que, normalmente, me oriento bien con las
horas, en esos momentos estaba totalmente desubicado temporalmente. Así que no
sé cuánto tiempo transcurrió, pero llegó un momento en el que comencé a
sentirme distendido. Y cuando más relajado me encontraba, de golpe, sentí una emoción
desbordante. ¡Varios trabajadores de la organización y amigos del barrio
aparecieron por la puerta principal de la comisaría!
Lo primero que sentí no fue ni
sosiego, ni gratitud, ni seguridad, fue emoción. Emoción porque algunas
personas a las que apenas hacía un mes que conocía se presentaron en la
Jefatura para avalarme. Y, además, más tarde me enteraría que se habían
presentado sin saber ni qué había pasado ni de qué me habían acusado. Habían
venido a apoyarme luego de que una pareja del vecindario viera cómo me introducían
en un coche policial y fuera a avisar a mis compañeros. Sin casi tiempo a
intercambiar unas palabras pudieron entrar en la sala donde me habían tomado
declaración. Los minutos pasaban muy lentamente y la espera se me hacía eterna.
Por fin salieron; únicamente me hicieron el signo de OK con los dedos y
ocuparon un lugar en el vestíbulo. Más tarde (no sabría precisar cuánto tiempo
pasó) un policía los llamó y, de nuevo, entraron en la estancia donde se
encontraba el oficial que llevaba el caso. Transcurrido un tiempo indeterminado
volvieron a salir y, entonces, sí pudieron intercambiar unas palabras conmigo.
Me dijeron que estuviera tranquilo, que volverían a las nueve de la mañana del
día siguiente porque sería entonces cuando me dejaría ir, que era el protocolo.
Me pareció entender a un policía que confirmaba la secuencia. A pesar de que
todo ello me dio tranquilidad, no se borró por completo de mi mente la
acusación que habían hecho sobre mí los dos individuos que me abordaron en la
calle: ser un “espía francés”. Como
llevaba muchas horas sin beber, pedí a los policías si me podían traer agua, y
estos autorizaron a mis amigos para ir a comprar una botella grande de agua
fresca. Me la trajeron y me la entregaron a través de los barrotes sin ningún
problema, luego, los hicieron marchar de la comisaría.
De nuevo mis dos compañeros de
celda y yo, solos en el calabozo. El vestíbulo de la comisaría se fue vaciando. Por la puerta se podía intuir
la noche cerrada de Ouaga. Uno de los uniformados nos abrió el calabozo y
mis dos camaradas me indicaron que salíamos para ir a hacer pis. Fue un momento
reconfortante, pues tenía muchas ganas de poder vaciar mi vejiga, pero fue eso,
solo un momento, porque cuando nos sacaron a la explanada de la que disponía la
comisaría, entendí que esa amplitud era la toilette.
Y, claro que intenté hacer pis, pero teniendo un policía unos metros más atrás
observándote, hizo que mis intentos fueran baldíos. Me iba girando de cuando en
cuando para hacerle entender a mi guardaespaldas
que yo no conseguía orinar, pero no pareció inmutarle. Así que, cuando de los
tres arrestados ya solo quedaba yo y, cuando ya había pasado un tiempo más que
razonable, decidí regresar y comentarle al guardia que me había sido imposible
miccionar. Como antes, tampoco pareció que le inmutara, aunque debo decir que
su actitud fue muy afable en todo momento. También debo mencionar algo que me
llamó poderosamente la atención, y que no fue otra cosa que la cordialidad y complicidad
que manifestaban mutuamente los otros dos detenidos y sus guardianes. Después
de un intento fallido de hacer pis, me encontraba de nuevo en el calabozo. Mis
dos compañeros de celda se estiraron en las esterillas del suelo medio encogidos,
debido a la estrechez del sitio. Las luces del vestíbulo y estancias anexas se fueron
apagando todas. En cuestión de minutos todo el lugar se sumió en una profunda oscuridad. Yo también
decidí estirarme en el piso para poder descansar. El miedo seguía metido
en mi cuerpo. La incertidumbre y la
zozobra tampoco ayudaban mucho. No sabía cómo iba a desarrollarse el día
siguiente y, aunque la denuncia que sobre mí habían hecho los dos individuos
era muy grave, me convencí a mí mismo de que a las nueve de la mañana me
soltarían sin mayor complicación. Estuve rezando durante un rato y,
posteriormente, traté de dormir. Pero fue solo eso, tratar, porque dormir me
era imposible por las muchas ganas que tenía de hacer pipí. Había bebido mucha
agua y no había podido aliviarme en el momento que tocaba. Me esforcé en
contener las ganas de ir al baño pero solo pude aguantar dos o tres horas,
luego llegó un momento en el que debía actuar y avisar a algún funcionario.
No quedaba nadie en la sala
anexa, todo estaba oscuro, excepto una rendija de luz que asomaba por debajo de
la puerta de la sala de investigaciones, y mi estancia solo dejaba entrever en
la penumbra. Mis dos compañeros durmiendo y yo con la necesidad de llamar a un
guardia. Pensé que no debía despertar a las dos personas que dormían junto a mí
desde hacía rato, así que comencé a llamar en voz baja a ver si acudía alguien.
Era inútil, no acudía nadie, así que tuve que ir elevando el tono de voz hasta
que, en lugar de advertir a un policía, se despertaron los dos hombres que
yacían en el suelo. Mi temor era que se hubieran enojado por romperles el
sueño, pero enseguida me di cuenta de que no estaban molestos, por lo que les
expliqué que estaba intentando llamar a un funcionario policial pero que no
conseguía que viniera. Me dijeron que no tenía que llamarlos ni tampoco vocear,
sino que debía dar golpes en los barrotes de la reja. A pesar de mi sorpresa y
mi ignorancia con respecto a las conductas o códigos de las prisiones, hice
caso a la recomendación y, dicho y hecho, a los pocos segundos tenía ante mí a
un guardia que me alumbraba con la linterna de un móvil. Le expliqué mi
necesidad y, tajantemente, dijo algo como “Dans
le bidon”, y luego miró a uno los hombres que estaba conmigo. Este, me
acercó una botella de plástico de agua vacía y, cuando me giré, el policía ya
se había marchado, y con él la luz de su linterna. Estaba prácticamente a
ciegas, pero mi necesidad fisiológica en esos momentos era imperiosa. Una vez
pude haber hecho pis, dejé la botella, intuitivamente, cerca de la reja y volví
a acurrucarme en el piso, lo más alejado que pude del enrejado, de manera que
casi rozaba a uno de mis compañeros de celda, después de cuestionarme que si la
humedad que había visto al entrar en el calabozo era toda ella debido al agua.
Aún estuve un tiempo con pensamientos inquietos, pero finalmente pude relajarme
y dormir unas horas.
Por la mañana, no sé qué hora sería, la luz natural que se colaba por el
vestíbulo y la luz artificial que se filtraba por las claraboyas me despertó.
Se oía el bullicio típico del trasiego de una oficina y, rápidamente, me
percaté que era la hora del cambio de turno de la mañana. Funcionarios arriba y
abajo y el murmullo típico del saludo de muchas personas. Pero no estaban mis
amigos; ¿serían ya las nueve? Seguía desorientado en cuanto al paso del tiempo.
Los tres ocupantes del calabozo nos sentamos y, al cabo de un tiempo
indefinido, comenzaron ya a entrar ciudadanos en la comisaría. No a mucho
tardar, un policía nos abrió la celda y mis compañeros me dijeron que íbamos a
lavarnos. El agente nos acompañó hasta una edificación en la que en su interior
había tres letrinas, tres lavabos o lavamanos y tres teteras de plástico (muy
comunes en Uagadugú para lavarse manos, cara y pies). Aunque tenía ganas de ir
al baño, decidí reprimirlas debido al estado en que se encontraba el
equipamiento, así que cogí una tetera y salí fuera, donde había un grifo para
llenarla. Me aseé cuanto pude, y de nuevo volvimos a la bartolina, sin bien,
antes tuve que entregar mi bandolera en lo que yo entendí que sería una simple
custodia. El trato que recibimos mientras estuvimos detenidos fue correcto, es
más, algunos policías se mostraron muy empáticos en todo momento y se
interesaron por si necesitaba algo. Los dos detenidos que había
conmigo mostraban mucha familiaridad en las charlas que mantenían con los
guardianes, es más, ¡a uno de los detenidos le trajeron su teléfono móvil! Y
desde el calabozo hizo un par de llamadas con total normalidad, yo no lo
hubiera imaginado nunca. La espera se me hacía incómoda pero, al fin,
aparecieron distintos vecinos y distintos responsables de la organización (alguno
se había sumado a los de la noche anterior). Pensé que en breve me dejarían
salir.
Les pregunté la hora: las nueve en punto. Todo iba según lo previsto.
Pero el tiempo pasaba y allí nadie hacía ningún movimiento. Absorto en mis
pensamientos, un funcionario nos preguntó si queríamos un sándwich y un nescafé
para desayunar. Pedí agua en lugar de la infusión, nunca me ha gustado el café.
Por fin, mis colegas pudieron entrar en la sala de investigaciones. Allí (luego
lo supe) les pidieron documentación de la entidad, y uno de ellos fue a
buscarla. Poco después salieron de la
estancia y al inquirirles cómo iba todo, simplemente me mostraron el pulgar
hacia arriba. Convencido de que era cuestión de minutos el que me liberaran, me
senté tranquilamente en el suelo. Entonces, me llamaron a mí, era el turno para
interrogarme y para poder declarar de nuevo. Preguntas, muchas de las cuales
parecían irrelevantes. Volví a explicar lo sucedido. Después, de vuelta al
calabozo. Al rato, sacaron a mis compañeros de celda; me quedé solo en ese
cuchitril. Tenía hambre, pero intuí que ya habían servido el desayuno. Pasaban
los segundos, los minutos, incluso las horas. Aunque por los barrotes mis
amigos me gesticulaban un OK, yo presentía que algo no iba bien. Eran ya más de
las 12 del mediodía. De nuevo mis allegados entraron en la estancia donde me
habían interrogado, y de nuevo salieron sin ninguna novedad. En ese momento
tuve realmente mucho miedo de que la Policía diera crédito a las acusaciones
que los dos individuos que me habían acometido el día de antes en la calle
habían hecho sobre mí. Me puse de pie; mis peores pensamientos comenzaron a
dispararse: ¿Cómo serían las cárceles del
país? ¿Sería capaz de resistir varios años en una prisión de allí? ¿Sería capaz
de convencer de mi inocencia a un tribunal frente al disparate de acusación que
se me hacía? Reconozco que no tengo ni idea de las normas de la
magistratura burkinabé. Luego, me acordé de mi familia y de mis amigos: ¿Podría ver a mis seres queridos antes de
ingresar en prisión o tardaría años en reencontrarme con ellos? Fueron
momentos muy angustiosos y de mucho temor, en los cuales recé mucho aunque,
posiblemente, Dios no esté para este tipo de casos cuando en todo el mundo hay
millones de personas que están padeciendo lo insufrible día tras día. Pero,
para un católico, la oración es reconfortante. Luego, cambié de chip y comencé
a cavilar en cuántas cosas me quedaban por hacer en esta vida, cuestiones
ineludibles que, sí o sí, tenía que hacer (y más yo, con lo cabezota o tenaz
que soy) y, ¡joder; nunca hubiera imaginado que mi lista de asignaturas
pendientes fuera tan larga! Si hubiera tenido que escribirlo todo en papel, no
sé cuántas hojas hubiera necesitado. Y prestar atención a estos propósitos hizo
que volviera a vigorizarme. Aprovechando que estaba solo, medí con mis pasos
las dimensiones del espacio donde me encontraba, pues una de las cosas de mi
lista era el escribir, fuera cuando fuese, una crónica del suceso. Mientras
seguía ensimismado en mis reflexiones, volvieron a requerirme en la sala de
declaraciones, donde también entraron varios de mis camaradas. Una vez allí,
como no podía presentar ni el pasaporte ni el visado, pidieron que uno de mis
amigos fuera a la maison a buscar mi
documentación. Luego, comenzó el interrogatorio; esta vez fue más directo, y
hubo una pregunta doble de las que me hizo el oficial que llevaba la
investigación que me indignó: “¿Por qué
haces fotos de la miseria de Burkina faso? ¿Quién te envía, para quién
trabajas?”. No sé si medí bien el tono de mi respuesta, pero le repliqué de
un modo categórico. Recuerdo que más o menos le dije: “Yo no hago fotografías de la miseria de Burkina Faso. Yo no he hecho
ninguna foto de la miseria de nadie. Yo hago fotos de la felicidad de la gente
de Burkina Faso y de su resistencia ante las adversidades, que es de admirar.
Por favor, coja mi teléfono móvil del cajón, le vuelvo a poner la contraseña y
mire toda la galería de fotos y vídeos a ver si hay uno solo que no sea
correcto”. El oficial que llevaba la investigación no sacó mi celular y
cambió radicalmente la temática de sus preguntas. Luego de responder a mi
interrogador, me sentaron frente a otro policía que siguió preguntándome y me
inquirió sobre lo ocurrido para que se lo contara de nuevo. Otra vez estaba
contando lo sucedido cuando me interrumpió y me preguntó, de manera enfática,
si no sabía que Burkina Faso estaba en revolución. A día de hoy, aún no sé si
se refería a que hay una guerra contra terroristas yihadistas o que el país
está viviendo una revolución sociopolítica desde 2022, año en que el capitán
Ibrahim Traoré toma el poder de la nación. Acabadas las preguntas, de vuelta al
calabozo.
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| Recreación con IA |
En la celda, seguí meditando
en todo aquello que tenía pendiente por hacer. De este modo, mantenía mi mente
ocupada en aspectos motivadores mientras iban pasando las horas. Se debió pasar
también el turno de mi comida mientras estaban interrogándome, pero no
importaba, la verdad es que ya no tenía hambre. El tiempo iba transcurriendo
inexorablemente y todo seguía igual, sin cambios. Y así llegamos hasta las
14:00 h, momento en el cual me sacaron del calabozo y me hicieron sentar en una
silla del vestíbulo. A unos metros estaban mis amigos, pero cuando fui a
sentarme cerca de ellos para poder hablar, un policía me lo impidió y me dijo
que no podía moverme de mi sitio. A pesar de esta pequeña contrariedad, el
hecho de haberme sacado de la celda me había devuelto la esperanza en que
pronto se iba a arreglar todo. Habría pasado una hora cuando, de pronto, salió
el investigador principal y me ordenó que le siguiera mientras, uno de los dos
únicos funcionarios que fueron poco considerados, me apretó el brazo para que
no me entretuviera. Fui con el oficial y salimos a la explanada y, una vez
allí, nuestros pasos se dirigían hacia un edificio de cuya existencia aún no me
había percatado. Parecía una edificación grande y, mientras íbamos caminando
hacia la instalación, me sobrevino la más perturbadora de las ideas: nos
encaminábamos hacia la cárcel donde ingresaría a la espera de un juicio. El
lapso de tiempo que pasó desde entonces hasta llegar a la edificación se me
hizo eterno cuando, en realidad, no habría llegado ni a un minuto. Pero, una
vez entramos en el inmueble, me percaté de que había varias puertas con los
letreros de subcomisario y comisario y de que no había rejas por ningún lado.
De nuevo, la montaña rusa de mis emociones volvió a situarse en un estado de calma.
Me hicieron entrar en un despacho donde se encontraban el comisario y el
subcomisario, cerraron la puerta y nos quedamos únicamente los tres.
No tardé en descubrir lo afables que eran esas dos personas. A pesar de
que estaban al tanto de todo, ellos también quisieron oír mi versión de los
hechos, así que repetí, una vez más, lo sucedido. Entre las cuatro palabras del
francés que había aprendido desde que estaba en Burkina Faso, mi inglés de
batalla y algunas recurrencias al español cuando no conseguía expresar
determinadas ideas conseguí hilvanar bien el relato. El diálogo que manteníamos
era divertido, incluso nos echamos unas risas, aunque el momento álgido fue
cuando el comisario, antes de estallar en una sonora carcajada, le dijo al
subcomisario: “Yo no sé inglés, pero a
este lo estoy entendiendo”. La actitud de estos agentes hizo que me
relajara totalmente y, antes de salir de ese despacho, entendí que dijeron algo
como que esta persona no es un espía y,
además, está trabajando junto con la gente de la región.
Una vez acabada la conversación, nuevamente apareció quien parecía ser
el responsable de la investigación, y me condujo a la comisaría. Durante el
trayecto, el policía estuvo hablando por teléfono con el presidente de la ONG
española, con quien también yo pude hablar. El responsable de la oenegé me dijo
que estuviera tranquilo, que estas cosas podían pasar y que, seguramente, me
harían pagar una multa y me dejarían marchar. A pesar de que no me gustó oír lo
de la posible multa (no por el dinero, sino por amor propio, pues yo no había
hecho nada ilícito), me alegré sobre manera de esas palabras. Nuevamente y, de
manera errónea, creí que sería cuestión de minutos el que me dejaran libre.
Al llegar al edificio de la
comisaría, nos dejaron permanecer en el porche exterior. Yo me iba a quedar de
pie, pues pensaba que en breve efectuaríamos algún trámite burocrático y
zanjaríamos por completo el malentendido, pero el oficial me hizo sentar en una
silla y me dijo que no me moviera; todavía no estaba solucionado el tema. Se
quedó con nosotros otro policía y, como eran ya más de las 16:00 h, me preguntó
si había comido. Como mi respuesta fue negativa, me propuso que alguno de mis
amigos me fuera a buscar una banana u otra cosa para comer. Como el ambiente
estaba distendido, le di las gracias y, haciendo un poco de broma, le dije que
no hacía falta, que con el susto se me había quitado el hambre; nos echamos
unas risas. A pesar de que hubo un momento a partir del cual nos dejaron sin
vigilancia, ya habían pasado dos horas desde mi visita al comisario y
subcomisario, y todavía no había visos de que nos dejaran marchar. Entonces,
apareció de nuevo el agente que llevaba el caso y comenzó a hacernos nuevas
preguntas a todos. Requirió una copia de mi pasaporte y mi visado y, no sé si
porque allí no tenían fotocopiadora, un compañero tuvo que ir a la sede de la asociación
a sacar las copias que se quedarían en la jefatura. Parecía que las
interpelaciones no se acababan nunca porque, después de indagar sobre nosotros,
el investigador centró sus pesquisas en la ONG española y en la contraparte
local. Llegó un punto en el cual nos hizo saber que no conocía la asociación
con sede en Uagadugú, y que quería ir a comprobar que le decíamos la verdad y
que, realmente, existía la casa matriz y que vivían varias personas en ella.
Así que, junto a un trabajador de la entidad, se encaminó hacia la maison. Una vez hechas todas las
comprobaciones pertinentes y, ya de vuelta a la comisaría, continuaron las
preguntas; parecía un nunca acabar. Eran ya más de las siete de la tarde, y
seguíamos allí. El interrogador volvió a su despacho, mientras nosotros
permanecíamos fuera con la incertidumbre de cuál sería el desenlace de ese episodio. Sobre las 19:30 h salió de nuevo
el responsable de la investigación y, en esta ocasión, sí que nos dijo que ya
nos podíamos marchar pero que, primero, pasara a recoger mis pertenencias por
la garita. Aunque todo indicaba que, en esta ocasión, sí que me pondrían en
libertad, mantuve el ánimo contenido debido a los precedentes del día.
En la garita había varios funcionarios. Comenzaron a sacar mis cosas y a
ponerlas sobre una mesa de madera. Mi sorpresa vino cuando fueron poniendo una
a una absolutamente todas mis tarjetas, credenciales y anotaciones en papel
sobre el tablero. Habían registrado todo hasta el milímetro (¡Y yo que pensaba
que me habían requerido la bandolera para custodiarla!). Me hicieron contar el
dinero que me devolvían, tanto cefas como euros. Uno de los agentes iba tomando
nota de todo manualmente en un libro de registro. Cuando al fin me habían
devuelto mis pertenencias, me di cuenta de que faltaba una segunda SIM española
que, aunque le doy un uso muy restringido, no quise pasarla por alto. Así que,
dirigiéndome al jefe de la investigación, le comenté que faltaba esa segunda
tarjeta del teléfono móvil y que, aunque no tenía mucha importancia,
agradecería si la tuvieran que me la regresaran. Esta vez, ese hombre altivo y
poco considerado hasta el momento, amablemente me dijo que estaría en su
despacho, y salió a buscarla. En el entretanto, los dos subalternos de la
garita me dieron conversación futbolera y acabamos hablando, cómo no, de Barça
y Madrid. Al poco, regresó el superior y me entregó la tarjeta. Les di las
gracias a todos ellos, me despedí cordialmente de ellos y, con los ánimos ya en su sitio, me permití despedirme de él con un
apunte de humor sobre la cámara y las famosas fotos. Y es que, a día de
hoy y, aunque yo ya conocía los motivos gracias a la hermana intérprete de mi
amigo, en ningún momento la Policía burkinabé me ha informado, ni de manera
oficial ni de modo informal, por qué me detuvieron y por qué me
investigaron. En ningún momento me mostraron ni una sola foto ni un solo vídeo
de mi móvil que hubieran incumplido ni un ápice las normas de Burkina Faso. Me
liberaron sin cargo alguno y sin pagar ni un solo cefa de multa.
Eran ya más de las ocho de la tarde cuando salimos del recinto, poniendo fin a un episodio que se prolongaba ya más de las 24 horas. Entonces, nos dirigimos todos a la maison,
donde nos esperaban otros compañeros. Una vez en casa, fue el momento de los
abrazos, de los agradecimientos y de las mil preguntas entre unos y otros, pues
todos estábamos algo desconcertados por la casi nula información que nos habían
dado en la comisaría. No sé durante cuánto rato estuvimos hablando animadamente, pero la celebración no se extendió excesivamente en el tiempo,
pues la vida no se para y, menos aún, en Ouaga. Así que, tras todas las
congratulaciones y achuchones, cerramos la velada, pues a las seis de la mañana
comenzaba para todos una nueva e intensa jornada de trabajo.
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