Existe una paradoja fascinante que sorprende a
cualquiera que se asome a la lingüística comparada: mientras que los
vocabularios de las lenguas del mundo divergen hasta volverse mutuamente
incomprensibles, las palabras más íntimas de nuestro repertorio —aquellas con
las que designamos a quienes nos cuidan— guardan un asombroso parecido genético
formal, incluso entre familias lingüísticas que jamás han tenido contacto
histórico ni geográfico.
¿Cómo es posible que un niño en los valles del
Pirineo, otro en las llanuras semidesérticas del África occidental y otro en
las selvas del Chaco coincidan en sus primeras sílabas? La respuesta no reside
en una hipotética lengua madre primigenia, sino en la pura anatomía del aparato
fonador humano y en la mecánica acústica del balbuceo infantil.
La coincidencia lingüística: de
Galilea al África subsahariana
Basta
asomarse a unos cuantos idiomas para que la coincidencia empiece a parecer casi
mágica:
La estadística lingüística descarta la mera
casualidad. ¿Qué mecanismo universal está operando detrás de esta simetría?
Anatomía del primer sonido:
oclusivas, bilabiales y la vocal abierta
La explicación la sistematizó de forma brillante el
lingüista Roman Jakobson a mediados del siglo XX en sus estudios sobre el
lenguaje infantil. El bebé no «aprende» a decir mamá por un acto de
comprensión semántica previa; es el adulto quien resignifica el patrón acústico
más elemental que el lactante es capaz de producir mecánicamente.
Cuando
un bebé llega al mundo, hablar es una tarea física titánica. Todavía no tiene
el control motor necesario para colocar la lengua detrás de los dientes para
hacer una «s», ni la fuerza para
hacerla vibrar en una «r». Su aparato
fonador está dando sus primeros pasos.
Por
eso, los primeros sonidos que emite son simplemente aquellos que no exigen
esfuerzo de colocación:
1.
La vocal más espontánea (la «A»):
Para decir una a, no hay que mover la
lengua ni colocarla en ninguna posición difícil. Basta con abrir la boca y
dejar salir el aire con la voz. Es el sonido más libre y directo que existe.
2.
Juntar y abrir los labios (M, P, B):
Son los llamados sonidos bilabiales porque solo
intervienen los dos labios. No hace falta coordinar la lengua contra el paladar
o los dientes: lo único que hace el recién nacido es cerrar la boca y volverla
a abrir mientras suelta aire y sonido.
3.
El impulso espontáneo de emitir voz:
Cuando el bebé intenta vocalizar y abrir la boca por primera vez, el paso natural de tener los labios juntos y separarlos produce de inmediato esas combinaciones elementales. Si deja escapar la voz mientras los labios están en contacto y luego los abre, surge de manera espontánea la M seguida de la vocal: «ma». Si la apertura es un poco más repentina o explosiva, el aire contenido salta en forma de P o de B: «pa», «ba». No hay artificio ni aprendizaje previo; es el gesto fonético más simple y accesible que un ser humano puede producir.
El espejismo del reconocimiento
Aquí
llega el giro más entrañable de esta historia: en su origen, el bebé no está
intentando nombrar a nadie.
Al principio, un niño de pocos meses que balbucea
combinaciones repetitivas y reduplicadas «ma-ma-ma» o «pa-pa-pa»
no tiene conciencia léxica. Solo está explorando las posibilidades mecánicas de
su propia boca, jugando con el ritmo de abrir y cerrar los labios al respirar
sonoramente.
Somos los adultos quienes, embriagados de afecto y
necesidad comunicativa, nos apropiamos de esa primera secuencia fonética. La
madre escucha esa primera combinación con la m y se emociona creyendo
que su hijo la ha llamado; el padre escucha esa explosión con la p o la b
y siente exactamente la misma fascinación. Nos adueñamos de esos balbuceos
elementales, los cargamos de afecto y los convertimos en los nombres más
universales de nuestra especie.
Así, desde las orillas del Jordán antiguo hasta las aldeas de la sabana y nuestras propias casas, la lengua humana demuestra que, antes de ser cultura o gramática, es pura biología compartida: un puente común tejido con el mismo aire, los mismos labios y la misma ternura universal.

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