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No hay mesa, no hay sobremesa y nadie se entretiene en filigranas. Aquí la comida no es un ritual para socializar; es una pausa rápida y funcional entre el ruido de las máquinas manuales de coser, retazos de tela y el movimiento de cortinas para evitar el contacto directo con el sol de mediodía.
Sin embargo, en esa
aparente prisa hay una regla no escrita: todos
estamos invitados a comer. Alrededor de un barreño de arroz con trozos de
pescado se disponen mujeres, hombres y niños. De manera cortés, en el balde se
colocan dos cucharas por si alguien quiere hacer uso de ellas -sobre todo
pensando en los extranjeros-, pero solo una o dos personas se sirvieron de los
cubiertos, el resto estábamos ya mimetizados con la idiosincrasia de la
comunidad local. Las manos de trabajadoras, niños y voluntarios se concentran
en un barreño que hace las veces de fuente y de plato. Los comensales,
dispuestos alrededor de la palangana con el maná, intercambian miradas,
comentarios y risas mientras se alimentan utilizando la mano derecha. A los
niños pequeños también se les da la comida con las manos. A pesar de que es la
manera más connatural de comer, requiere su praxis –si no se está habituado–
para remedar a los cubiertos y no perder ni pizca de alimento.
La comida a veces la
paga una, a veces la paga otro, e incluso a medias, pero el plato es siempre de
todos. Da igual si estás de paso o si llevas años allí; si estás presente
cuando el barreño se pone o está en el suelo, te puedes sumar a la comida sin
mayor problema.
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Arroz bien condimentado con trozos de pescado salteados. |
A lo largo de tu vida
te vas formando, te entrenan para observar los detalles, pero la convivencia en
el terreno te enseña a quitarte los prejuicios. No hace falta un restaurante ni
una gran vajilla para entender la generosidad. Se entiende al primer bocado,
compartiendo espacio y comida en el suelo, entre risas espontáneas que saltan
sin planificarlo.
Comer del mismo
recipiente no siempre es una necesidad logística, sino que es una forma de hacer
comunidad. Una lección diaria de sencillez donde lo importante no es cómo se
sirve la mesa, sino que nadie se quede fuera de ella.
A medida que se va
terminando de comer, cada cual reemprende su actividad, pasa a otra tarea o,
simplemente, se estira en el suelo para hacer una siesta –comprobamos que el
sesteo no es exclusivo de España–.
El momento de las largas charlas se hace después de acabar el trabajo, mientras se reposa, normalmente en el suelo de los porches y patios de las casas, o al dar inicio la tarde-noche, cuando los hombres se reúnen en la calle alrededor de una tetera delante de alguna de sus casas. El ritual del té puede durar horas y mientras tanto se charla sin prisa sobre cualquier asunto mientras, en muchas ocasiones, se presta igualmente atención al teléfono móvil.


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