domingo, 23 de agosto de 2026

Tertulia y ritual del té en Uagadugú

ritual té uagadugú
Lazaar escanciando el té

Cuando cae la noche en la maison salimos con los colegas del barrio a tomar el té en la calle. Se trata de un encuentro donde socializar mientras se lleva a cabo el genuino ritual del té del África occidental, que puede presentar pequeñas variaciones de un lugar a otro. No se trata simplemente de tomar una infusión, sino que hay todo un ceremonial para ello que puede alargarse por espacio de dos o tres horas.

Normalmente, Lazaar saca un hornillo metálico de carbón muy rústico, pero muy coqueto. O bien él, o bien Moustapha son quienes ponen las ascuas en el anafe para, acto seguido, encender el carbón sirviéndose de pequeños trozos de papel o cartón previamente encendidos. No siempre es fácil que el carbón vegetal prenda. Cuando ya hay brasas se coloca una pequeña tetera con agua en el hornillo, y se espera unos minutos antes de añadirle el té (a veces también se agregan unas hierbas). Cuando la infusión está hirviendo adquiere un color muy oscuro y un sabor muy amargo, por lo que se le añade azúcar. Luego se saca la tetera del hornillo y se vierte el líquido del recipiente a un vaso grande de plástico y viceversa y, todo ello, desde una altura considerable que alcanza el medio metro. Este vertimiento se hace por dos razones, para enfriar la bebida y para crear la espuma del té. Seguidamente se vuelve a colocar la tetera en las brasas del hornillo y, al cabo de unos minutos, se vuelve a repetir la acción del vertido. A continuación, se va sirviendo el té en unos vasitos de cristal muy cucos y de poca altura que están depositados en una bandejita de metal, la cual se va pasando de unos a otros para que cada uno coja su correspondiente cubilete. Estamos ante la primera ronda del té, que presenta un sabor asaz amargo. Desde el comienzo del ritual hasta servir estos primeros vasos pueden haber transcurrido, tranquilamente, 40 minutos. 

Todos se beben el té en cuatro o cinco tragos bastante seguidos, excepto yo, que lo encuentro excesivamente acibarado y ¡me cuesta diez minutos acabar el último sorbo!

Una vez vaciados los vasos, se repite la misma dinámica de preparación del té pero sin sobrepasar los 25 minutos y añadiendo más azúcar. Mientras tanto, con el agua de una garrafa se lavan exhaustivamente los vasos, ya que no solo se pueden reutilizar para los que ya han bebido, sino para aquellos que van apareciendo a lo largo de la noche. En esta ocasión, la bebida resulta más dulce y equilibrada, aunque no para mí, que la sigo encontrando demasiado amarga.

Aún queda una ronda, por lo que se vuelve a preparar la infusión pero, esta vez, se añade más agua y azúcar. El resultado es un té ligero y dulce (yo lo sigo encontrando algo amargo, será porque me gusta más lo azucarado) que, algunos, esta vez se lo toman de un sorbo.

Durante todo este ritual, que puede alcanzar las tres horas, la gente habla de las cosas cotidianas, del día a día, de fútbol, de apuestas hípicas, del trabajo… combinándolo con silencios cómodos y risas compartidas pero, en ocasiones, también con discusiones acaloradas que no pasan de una apasionada dialéctica. El grupo va variando,  normalmente es un corro de 5 o 6 personas pero que va disminuyendo o aumentando a lo largo de la noche. Las charlas suelen ser muy reposadas y, aunque las combinan con un uso exacerbado del móvil, rompen completamente con las dinámicas de estrés y prisas de Occidente.

domingo, 16 de agosto de 2026

Las lenguas de la tierra: De las voces de Burkina Faso a nuestro aragonés oriental

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Alizeta, Djafar y Héctor conversando en el porche de la maison.
Uagadugú, agosto de 2026.

La vida en la calle en Burkina Faso es auténtica y natural en todos los sentidos. La gente tiene en la calle un lugar donde expresarse, conversar, socializar, encontrarse, trabajar, tomar el té, ayudarse, hacer tratos y negocios, exponer el cultivo de la tierra a la vez que artículos sofisticados, rezar, jugar, ver fútbol por la televisión, dormir, comer, beber o simplemente preguntarse: Mãnã wãna? (¿Cómo estás?) Laafi (bala) (Todo bien). Este saludo y su respuesta son los más extendidos en las calles de su capital, Uagadugú, donde la inmensa mayoría de la gente habla la lengua mooré. Pero en este país, situado en el corazón del África occidental, se hablan, al menos, 66 lenguas autóctonas  según lo recoge el Ethnologue: Languages of the World

Las lenguas oficiales del Estado son el mooré, diula y fula (conjuntamente con el bissa en algunas disposiciones territoriales). El francés está considerado como una lengua de trabajo, y se utiliza, sobre todo, en los organismos profesionales, oficiales e internacionales, la administración y la enseñanza. El francés lo sabe hablar entre el 23% y el 24,5% de la población, según la Organización Internacional de la Francofonía (OIF).

Pero, dejando de lado los fríos datos estadísticos, adentrarse en los mercados y mercadillos del país es descubrir todo un mundo idiomático en el que cada cual habla su lengua sin normas oficiales restrictivas ni limitadoras y sin preceptos enjabonados en una presunta superioridad científica de supuestas academias y de académicos de renombre y despacho. No hay conflictos, todos se entienden y nadie quiere imponer idiomas, se entremezclan las lenguas propias del país con el francés; la pequeña lengua diula, sin embargo, funciona como el gran idioma comercial en la zona oeste del territorio y, además, los pocos nasaardõma (plural de nasaara, que significa ‘persona blanca’ en mooré) que se localizan pueden hablar, sin problema y sin miradas fiscalizadoras, otros idiomas, sobre todo el gestual, para intentar hacerse entender y que la comunicación sea más o menos inteligible.

Todas las lenguas que se hablan en Burkina Faso reflejan la verdadera alma, historia y memoria de sus pueblos. La lengua que se aprende en casa, la de padres y abuelos, transmite un cariño y una forma de entender la vida que ninguna lengua global, foránea o de más o menos prestigio puede sustituir.

Con todo este contexto cultural y afectivo no es de extrañar que, una vez sociabilizado y haber hecho conocidos y amigos, me encuentre en ese momento de avidez y de instrucción, con un matiz nostálgico, de intercambiar léxico y expresiones del mooré con sus paralelos del aragonés oriental o chapurriau. Y es que toda lengua materna transmite identidad y afecto, es el alma del pueblo. Cuando estás en un lugar distante y llevas semanas escuchando a la gente hablar diaria y espontáneamente en sus lenguas nativas, te viene a la memoria toda una carga de términos y giros únicos aragoneses que están seriamente en peligro de extinción a punto de ser fagocitados por lenguas más influyentes en la sociedad en la que vivimos. Pero esas expresiones idiomáticas forman parte de la personalidad de nuestros pueblos. Cuanto más oigo hablar en mooré, incluso en diula o fulfulde, más trascendencia les doy a las lenguas autóctonas, incluido nuestro aragonés oriental o chapurriau.

La riqueza lingüística de Burkina Faso, como la de Aragón, forma parte del territorio. En Ouaga tenemos el ejemplo más claro de la perfecta cohabitación y sintonía entre lenguas, la gente convive integrándolas con naturalidad, saltando de una a otra en la conversación cotidiana para entenderse, exactamente igual que hacemos en el Aragón oriental, a pesar de esos catastrofistas que advierten de que el bilingüismo es un quebranto y, casi casi, una traición a nuestra lengua materna y que, para solucionarlo, nos ofrecen la resolución de sustituir nuestro idioma por otros más poderosos y hercúleos que, aunque parecidos, distan mucho de representarnos. Si algo observo en Burkina Faso, es que valoran mucho lo propio, y eso incluye preservar las lenguas locales, que no es sino cuidar la biodiversidad cultural. Por ende, también podemos decir que amar y defender el aragonés oriental o chapurriau es enriquecer a todo Aragón y a España, no restar. El usar los autoglotónimos aragonés oriental, chapurriau, chapurreat, chapurreao… no es más que dignificar el propio idioma, transmitido de generación en generación desde hace siglos. El ejemplo más claro lo encontramos, curiosamente, en el endónimo Burkina Faso. Como comentamos en un artículo anteriorel término está compuesto por dos palabras de las dos lenguas autóctonas más habladas y extendidas del país con la finalidad de cohesión nacional. La palabra burkina proviene del mossi (mooré), mientras que faso procede del diula (yulá). La primera significa persona u hombre íntegro, honesto, orgulloso, recto, persona de honor, incorruptible (referido a alguien que no se deja corromper), hombres íntegros o comunidad de personas honestas. La segunda significa patria, casa del padre, casa paterna, país, territorio, tierra natal. Así, la palabra compuesta toponímica resultante, Burkina Faso, significa Patria de los hombres íntegros (haciendo un uso androcéntrico o genérico de la palabra burkina [personas])”. Asimismo, la pluralidad de términos que usamos en aragonés oriental o chapurriau es algo que hace más interesante el idioma; por ello, que, por ejemplo, digamos chicarró/ona, chiquet/a, nino/a… para decir “niño/a” (biiga en mooré) o astí, aquí, así, ací [azí]… para decir “aquí” (ka o kaanẽ en mooré) no es ni una disfunción ni una contrariedad, sino una muestra de la riqueza lingüística de la que disfrutamos los aragoneses.

No importa si estás en un pueblito de la zona oriental de Aragón, en una gran ciudad de Asia o al este o el oeste del uagadugués Wemtenga, cuando la gente habla el idioma de  sus antepasados, habla desde la verdad y el afecto. Siempre que se viaja para permanecer durante una estancia larga en algún lugar longincuo, las palabras aprendidas en su infancia acompañan de forma perenne y fiel a todo cronista.

Bilfou! 

sábado, 8 de agosto de 2026

Manos fuertes, mentes frías y corazones abiertos


Eso es lo que se necesita llevar en la mochila para viajar a Burkina Faso. Hay lugares que te hablan a través de sus miradas y de sus colores. Este pequeño país del África occidental es uno de ellos. Adentrarte por los recovecos de su capital, Uagadugú, y fusionarte con sus gentes te proporciona una experiencia vital profunda más allá de las figuraciones estereotipadas. Acompasar tus manos de nasaara (persona blanca, en el idioma local moré) con las de los burkinabeses para levantar proyectos o cargar pesos cotidianos forja una simbiosis inquebrantable. Los uagadugueses, hombres y mujeres, tienen las manos ásperas y curtidas desde niños no solo por sus trabajos, sino también por la dureza de sus tareas y quehaceres diarios. Es importante venir al Sahel con las manos preparadas para bregar intensamente bajo un vehemente sol que solo se apacigua con las tormentas estivales.

Los viajeros que decidan sumergirse en la idiosincrasia del país deben ser conscientes de que, a veces, los elementos adversos se pueden presentar de manera repentina y hay que reaccionar con aplomo y ecuanimidad y no dejarse llevar por impulsos imprudentes o reacciones desazonadas fruto de la ansiedad. Soy de los que piensa que la vida no se mide por números, sino por la intensidad con que vives cada momento. Aquí descubriremos parámetros a los que no estamos acostumbrados, pero eso no tiene que ser óbice para adentrarnos en una cultura que nos abre sus puertas desde  que ponemos un pie en su territorio. Asimismo, si centramos el tiro en el reporterismo, un buen cronista no solo debe llevar una pluma y un dispositivo de captura de imagen, sino también el anhelo de captar y mostrar las diferentes realidades y la capacidad de reacción ante las contingencias que puedan sucederse.

Y ¿qué hay de la parte humana? Nos reciben unas gentes excepcionales y asazmente acogedoras. Debemos ser recíprocos y ofrecer nuestro afecto y generosidad sin caer nunca en una conmiseración que este pueblo no necesita. Es un pueblo orgulloso, forjado a sí mismo y con un futuro que ya comienza a fraguarse en el presente. Así que, corazones abiertos, no solo para intercambiar miradas afectivas, sino para contribuir, desde un plano de igualdad, a la mejora comunal; corazones abiertos para brindar nuestro cariño a unos niños que disfrutan de una infancia demasiado corta y corazones abiertos para estimar a un pueblo que, frente a las complejas adversidades de la región del Sahel y los inmensos desafíos del presente, jamás abandona su territorio ancestral.

cielo burkina faso



martes, 4 de agosto de 2026

Sin mantel, sin sobremesa y sin pausas: la ética del plato compartido en Burkina Faso

burkina faso
Parece que la gente está seria,
pero estaban a punto de estallar en una carcajada.

No hay mesa, no hay sobremesa y nadie se entretiene en filigranas. Aquí la comida no es un ritual para socializar; es una pausa rápida y funcional entre el ruido de las máquinas manuales de coser, retazos de tela y el movimiento de cortinas para evitar el contacto directo con el sol de mediodía.


Sin embargo, en esa aparente prisa hay una regla no escrita: todos estamos invitados a comer. Alrededor de un barreño de arroz con trozos de pescado se disponen mujeres, hombres y niños. De manera cortés, en el balde se colocan dos cucharas por si alguien quiere hacer uso de ellas -sobre todo pensando en los extranjeros-, pero solo una o dos personas se sirvieron de los cubiertos, el resto estábamos ya mimetizados con la idiosincrasia de la comunidad local. Las manos de trabajadoras, niños y voluntarios se concentran en un barreño que hace las veces de fuente y de plato. Los comensales, dispuestos alrededor de la palangana con el maná, intercambian miradas, comentarios y risas mientras se alimentan utilizando la mano derecha. A los niños pequeños también se les da la comida con las manos. A pesar de que es la manera más connatural de comer, requiere su praxis –si no se está habituado– para remedar a los cubiertos y no perder ni pizca de alimento.


La comida a veces la paga una, a veces la paga otro, e incluso a medias, pero el plato es siempre de todos. Da igual si estás de paso o si llevas años allí; si estás presente cuando el barreño se pone o está en el suelo, te puedes sumar a la comida sin mayor problema.


gastronomía burkina faso
Arroz bien condimentado con trozos de pescado salteados.

A lo largo de tu vida te vas formando, te entrenan para observar los detalles, pero la convivencia en el terreno te enseña a quitarte los prejuicios. No hace falta un restaurante ni una gran vajilla para entender la generosidad. Se entiende al primer bocado, compartiendo espacio y comida en el suelo, entre risas espontáneas que saltan sin planificarlo.


Comer del mismo recipiente no siempre es una necesidad logística, sino que es una forma de hacer comunidad. Una lección diaria de sencillez donde lo importante no es cómo se sirve la mesa, sino que nadie se quede fuera de ella.


A medida que se va terminando de comer, cada cual reemprende su actividad, pasa a otra tarea o, simplemente, se estira en el suelo para hacer una siesta –comprobamos que el sesteo no es exclusivo de España–.


El momento de las largas charlas se hace después de acabar el trabajo, mientras se reposa, normalmente en el suelo de los porches y patios de las casas, o al dar inicio la tarde-noche, cuando los hombres se reúnen en la calle alrededor de una tetera delante de alguna de sus casas. El ritual del té puede durar horas y mientras tanto se charla sin prisa sobre cualquier asunto mientras, en muchas ocasiones, se presta igualmente atención al teléfono móvil.