viernes, 28 de agosto de 2026

Cuando sales a por pan y acabas pasando la noche en un calabozo porque alguien te acusa disparatadamente de ser un espía


calabozo
Recreación con IA que reproduce fielmente el aspecto del calabozo (con la licencia metafórica del pan)


Bien podría tratarse de la trama de una película, pero no lo es. En todas las partes del mundo, ya sea en España, Burkina Faso o la región ártica, hay mucha gente buena, pero también hay un mínimo porcentaje de mala gente. Hace un mes yo tuve la mala suerte de cruzarme con dos individuos de este último grupo en las calles de Uagadugú. Evidentemente, esta crónica no está publicada siguiendo la cronología de fechas para evitar preocupar a familia y amigos durante mi estancia en el país africano. Además, debido al gran número de acontecimientos que se sucedieron, he tenido que darle forma de narración, más o menos extensa.

Quiero insistir en la generosidad y bondad de los burkinabés y que, en ningún caso, este episodio aislado mancha la bonita experiencia vivida en este pequeño estado del Sahel. Huelga decir que sigo creyendo en las personas, en el voluntariado y en la cooperación internacional, así como en el periodismo. Por ello, una vez liberado, retomé mis actividades normales del día a día así como la narración de historias humanas que es, al fin y al cabo, la base del reporterismo. Ya fuere por el azar o por un exceso de confianza por mi parte, el hecho es que caída la noche ya sobre Ouaga me topé con dos extremistas que no atendían a razones. En esta crónica daré  cuenta de ello y deseo que pueda resultar útil para otros viajeros.

Es un texto sincero, en el que ni quito ni pongo, pero en el que sí introduciré algunas licencias humorísticas para que el relato sea más amable. Las imágenes que acompañan al texto han sido recreadas mediante IA y reproducen de forma muy fiel las situaciones y espacios descritos en la crónica.


Un día cualquiera de finales de julio en la ciudad de Uagadugú, capital de Burkina Faso. Nos encontramos en la maison, tres españoles y varios burkinabés. Decidimos hacer una cena española en honor de nuestros amigos africanos. Una compañera nuestra, que es una auténtica chef, es quien nos dirige en la cocina y quien se encarga de hacer una gran tortilla de patatas. En un momento dado, me percato de que queda muy poco pan, así que cojo unos cuantos cefas (francos CFA) y salgo para  comprar dos o tres barras.

Como voy a ir a un puesto muy cercano, no cojo ni pasaporte ni visado ni copias de ellos (primer gran error de esa tarde-noche). Al llegar a dicho comercio, veo que ya está cerrado y decido ir a otras tiendas del barrio a ver si tengo más suerte; todas cerradas. Mi última opción es dirigirme hacia un colmado grande que, aunque no queda tan cerca, sirve mucho género. Una vez allí, los tenderos me dicen que ya se han acabado las existencias de pan.

Ya es noche cerrada en Ouaga; allí, antes de las 18:30 h ya se ha producido el ocaso y, por la mañana, antes de las 06:00 h ya ha amanecido. Aunque algunas veces mi tenacidad es un valor añadido, otras se convierte en cabezonería. Quiero una cena perfecta y resuelvo alejarme de la zona de confort en busca de otros establecimientos (segundo error).

Tras no encontrar expendios donde comprar un par de hogazas y, justo cuando iba a regresar, veo unas luces al final de una calle y decido gastar mi último cartucho y dirigirme hacia allí. Al llegar, compruebo que no se trata de ninguna tienda, así que ya nos apañaríamos con el pan que quedaba en casa. Antes de darme la vuelta, contemplo las luces de la ciudad reposando en un oscuro cielo. Era una vista preciosa, podría ser un retrato de bandera, así que, sin pensármelo dos veces, saqué mi móvil para inmortalizar la imagen y así poder usarla en alguna de las crónicas (tercer gran error de la noche). El cóctel estaba servido: nasaara (persona blanca), de noche, lugar donde no te conocen y cámara.

Aunque, debido a la lucha entre la junta militar y grupos terroristas yihadistas, así como por velar por la dignidad del país y las personas, las leyes de Burkina Faso son muy restrictivas en cuanto a la captura de imágenes (prohibido fotografiar edificios de organismos gubernamentales u oficiales, prohibido fotografiar a personas en la calle salvo que te hayan dado permiso, prohibido fotografiar ningún tipo de instalación policial o militar, prohibido fotografiar edificios sensibles, prohibido fotografiar a niños vulnerables, prohibido fotografiar infraestructuras críticas -­puentes…-, prohibido fotografiar a personas en situación de pobreza mientras reciben ayuda humanitaria…), yo no quebrantaba ninguna de las normas, el objetivo de la cámara de mi smartphone apuntaba directamente hacia el horizonte. Aunque lo prudente hubiera sido no intentar registrar imágenes con el móvil en esas circunstancias, pudo más el afán periodístico que la cautela preventiva. 

A los pocos segundos de haber dirigido el visor de la cámara hacia un infinito, un individuo que viajaba en moto por una carretera adyacente comenzó a gritarme y a hacer aspavientos. Aunque sin saber el motivo, comprendí que esa persona no quería que fotografiase ni grabase. El motorista cambió el sentido de su marcha y se dirigió hacia mí. Debido al gran estado de alteración en que se encontraba, pedí perdón y, cuando iba a guardar mi móvil, bajó de la moto y se abalanzó sobre mí e intentó quitármelo. En ese momento dudé de si ese individuo era un extremista o un ladrón que simplemente quería robar mi teléfono. Fuere como fuere, el caso es que los dos agarramos con fuerza el terminal y comenzamos a forcejear en medio de la calle. Conseguí que no me arrebatara el móvil y, en ese momento, me gritó que iba a llamar a la policía. Era la primera cosa sensata que decía este hombre. Yo le animé a que la llamara y, así, con los agentes, poder resolver el conflicto.

pugna por un móvil
Recreación con IA

El sujeto se apartó de mí, sacó su teléfono y comenzó a marcar números o, al menos, eso parecía. En medio de la incertidumbre, yo decidí llamar a una compañera para que supieran de mi situación, pues había salido simplemente a comprar pan y ya hacía demasiado rato. En mi caso, la comunicación no fue posible. Mi asaltante seguía llamando y hablando por su celular pero, de repente, volvió a abalanzarse sobre mí y, de nuevo, agarró mi móvil. Comenzamos a forcejear otra vez, en este caso con mayor hostilidad. La tensión iba en aumento cuando, de golpe, apareció una segunda persona gritando que se añadió a la pugna por el smartphone y, viendo el cariz que tomaban las cosas, decidí soltarlo. Me quedé expectante a ver si huían o permanecían allí. Los dos tipos no se marcharon y siguieron gritándome y amenazándome. Echaban a los viandantes y curiosos y, sin embargo, el grupo de personas que me increpaba iba en aumento. Sin casi darme cuenta, me vi envuelto por un grupo de personas amenazantes.

En medio de la confusión, se acercó una moto donde viajaba un amigo mío burkinabé. Se detuvo y comenzó a hablar con los dos cabecillas y, finalmente, dijo que era mi amigo y que yo estaba colaborando con una ONG. Cuán inoportuno fue su comentario, pues el principal alborotador le respondió que, si era mi amigo, él estaba también en el “complot”. Comenzaron a discutir vehementemente y yo, como si fuera un juez de paz (aunque no tengo ninguna vocación para ello), me interpuse entre ambos y les pedí que se calmaran, pues la policía ya estaba al llegar (como si yo tuviera alguna idea del tiempo que tardaría). A mi amigo le hicieron aparcar la motocicleta, probaron de cogerle las llaves y lo retuvieron conmigo. Los dos promotores del incidente iban incitando a los demás, que eran todos seguidores suyos; gente de a pie ya no quedaba nadie, los habían echado a todos. Cuando peor se estaban poniendo las cosas apareció un hombre muy bien vestido y muy educado que, con serenidad, consiguió hacerse con el control de la situación. Entonces enseñó su insignia policial; era un policía nacional de Burkina Faso.

Le intenté explicar al agente lo sucedido y le pedí que dejara ir a mi amigo porque él no estaba implicado en el lance. El oficial no hizo caso a mi petición y, simplemente, dijo que un coche patrulla estaba en camino y pidió que se calmara todo el mundo. Pero el principal instigador del altercado siguió encorajando a las masas y comenzó de nuevo a gritarme y a gesticular, sin que yo pudiera comprender qué me estaba diciendo. Intuí que quería que me sentara en un resalte y, una vez sentado, él y su compinche se situaron a ambos lados. El policía se percató de este movimiento y se acercó a nosotros. A los dos hombres les dijo que ellos no tenían autoridad y, a mí, me pidió que me levantara y que me mantuviera a su lado.

Tras muchos minutos de angustia, apareció un coche patrulla. Me preguntaba si serían miembros de la Policía Municipal o Nacional pero, una vez salieron del automóvil y vi que portaban unas aparatosas metralletas, me quedó claro: se trataba de efectivos de la Nacional. De nuevo, mis explicaciones sobre la no participación de mi amigo fueron en balde, y nos hicieron subir a los dos al coche patrulla. Una vez dentro del vehículo, se produjeron momentos muy estremecedores; un grupo de hombres rodeó el automóvil y comenzó a golpearlo. El conductor activó los seguros de las puertas y, solo unos segundos después, los agitadores intentaban accionar las manetas de las portezuelas. El coche inició su marcha y consiguió que el grupo se fuera disolviendo por la parte delantera del patrullero hasta lograr alcanzar una velocidad de crucero. Estaré siempre eternamente agradecido a esos agentes de la ley. De mi paseo en coche solo diré que notaba una presión en el lado izquierdo de mi abdomen. Giré mi cabeza para ver qué era y hallé mi respuesta: se trataba de la culata del subfusil que portaba el agente sentado a mi lado. Volví a girar la cabeza y ya no me cuestioné sobre mi comodidad durante todo el trayecto hasta llegar a la comisaría.

Llegamos a las dependencias policiales y nos condujeron a una sala donde se encontraban tres oficiales trabajando en sus respectivas mesas. Allí comenzó el baile. Era una oficina muy austera y muy funcional. Enseguida comenzaron las preguntas y pudimos explicar nuestras versiones. Una vez más, y de nuevo sin éxito, traté de exculpar a mi colega. Paralelamente, los dos causantes de aquel episodio estaban en otra mesa declarando, pero no pude entender qué decían.

El instructor que llevaba la investigación sacó mi móvil, lo puso en la mesa y me pidió que introdujera la contraseña del terminal. A continuación, el oficial comenzó a escudriñar mi teléfono. Por extraño que parezca, me sobrevino una cierta sensación de tranquilidad (hoy en día un móvil es como un ordenador, es increíble la cantidad de información y de mensajes que almacenamos en él). Todas mis capturas las había hecho cumpliendo las leyes del país, aunque pudiera haber algunas fotos de calle sujetas a la interpretación. Parecía que todo iba bien, hasta que me pidieron el pasaporte y el visado. Como los tenía en la maison, les mostré mi carnet de identidad, así como otras tarjetas identificativas. Me hicieron vaciar toda la bandolera, y se quedaron con mi DNI, algunas tarjetas y una segunda SIM española. A continuación, un subordinado nos hizo salir de la sala (a mi amigo y a mí) y, acto seguido, nos invitó a entrar en otra sala, muy diminuta, que como puerta tenía unos barrotes rectangulares muy gruesos y como pomo, un candado tamaño XL. No hizo falta preguntar dónde nos estaban alojando.

El calabozo, que medía, aproximadamente, 4 m x 1,5 m, ya albergaba a dos inquilinos. Como no sabía el tiempo que permaneceríamos allí, tiré del manual de buenos modales y entablé una brevísima conversación con nuestros compañeros de celda y, en ningún caso, les pregunté por qué estaban pasando la noche allí. A los pocos minutos llamaron a mi amigo. Yo estaba expectante, visualizando el espacio donde me encontraba. Como único mobiliario, dos esterillas extendidas en el suelo, un piso encementado pero algo irregular. Como únicas aberturas, una especie de claraboyas situadas en la parte alta (unos 4,5 m) de una pared interior. Cuando me estaba acomodando en la estancia, llegó mi turno. Otra vez en la sala de investigaciones. Preguntas y más preguntas, aparentemente intrascendentes. En un momento de confusión, apareció la hermana de mi amigo, que habla perfectamente español, lo que fue un alivio, pues yo no sé francés y la comunicación era muy costosa. Estuvo dialogando con varios agentes y, seguidamente, junto con dos policías, me acompañó de nuevo al calabozo. Me dijo que debería pasar allí la noche y me preguntó por si llevaba repelente de insectos. Lógicamente, no lo llevaba encima. Le dije que ya llevaba semanas en el territorio y que estaba habituado a esos fastidiosos mosquitos, pero la chica me dijo que era necesario y que debía ponerme la loción por todas las partes descubiertas de mi cuerpo, porque allí había muchas infecciones. En ese momento me sentí totalmente vulnerable. Ella pidió a los funcionarios que me facilitasen un repelente y, estos, se dirigieron a mis compañeros de celda, los cuales me facilitaron un spray antimosquitos. Me rocié de arriba abajo como si de perfume se tratara. Antes de tener que marcharse y, a través de los barrotes, ella me dijo que su hermano ya había podido  marcharse, lo cual me quitó un peso de encima. Le pregunté que si por un malentendido con un registro o con una foto te encerraban, aquí, en el calabozo. Su respuesta provocó en mí el segundo peor momento de la noche: ­“No se trata ni de una fotografía ni de un vídeo. Aquí, un blanco, solo, de noche, en un lugar donde no lo conocen y con una cámara… hay personas muy sensibles que creen que se puede tratar de espías franceses”.

¡Espías franceses! El espionaje es uno de los delitos más graves en Burkina Faso, se trata de un delito contra la seguridad del Estado, y más aún en un país bajo un régimen de transición militar. Y, encima, ¡espía francés! El pasado 26 de junio, ocho días antes de mi llegada al país africano, Uagadugú rompió todos los lazos diplomáticos con París, tras cuatro años de tensión entre ambos. Así pues, de nuevo tenía el miedo metido en mi cuerpo.

espía
Recreación con IA

Me senté en el suelo del calabozo y apoyé mi espalda en una de las paredes. Mi cabeza era una montaña rusa de interrogantes inquietantes. En cualquier caso, me tranquilicé pensando en lo absurdo de la acusación y que, en el peor de los casos, ningún tribunal la consideraría fidedigna por lo descabellada que era. Además, simplemente estaba detenido a la espera de que la investigación aclarara las cosas, así que comencé a distraer mi mente pensando en qué estructura narrativa le daría a una nueva crónica periodística que relataría esta vivencia, una vez fuera liberado, y en otros pensamientos variopintos. El tiempo iba transcurriendo. Aunque, para mi sorpresa, no me habían quitado ni la bandolera, llaves, cartera… sí que habían requisado el móvil y no llevaba reloj. A pesar de que, normalmente, me oriento bien con las horas, en esos momentos estaba totalmente desubicado temporalmente. Así que no sé cuánto tiempo transcurrió, pero llegó un momento en el que comencé a sentirme distendido. Y cuando más relajado me encontraba, de golpe, sentí una emoción desbordante. ¡Varios trabajadores de la organización y amigos del barrio aparecieron por la puerta principal de la comisaría!

Lo primero que sentí no fue ni sosiego, ni gratitud, ni seguridad, fue emoción. Emoción porque algunas personas a las que apenas hacía un mes que conocía se presentaron en la Jefatura para avalarme. Y, además, más tarde me enteraría que se habían presentado sin saber ni qué había pasado ni de qué me habían acusado. Habían venido a apoyarme luego de que una pareja del vecindario viera cómo me introducían en un coche policial y fuera a avisar a mis compañeros. Sin casi tiempo a intercambiar unas palabras pudieron entrar en la sala donde me habían tomado declaración. Los minutos pasaban muy lentamente y la espera se me hacía eterna. Por fin salieron; únicamente me hicieron el signo de OK con los dedos y ocuparon un lugar en el vestíbulo. Más tarde (no sabría precisar cuánto tiempo pasó) un policía los llamó y, de nuevo, entraron en la estancia donde se encontraba el oficial que llevaba el caso. Transcurrido un tiempo indeterminado volvieron a salir y, entonces, sí pudieron intercambiar unas palabras conmigo. Me dijeron que estuviera tranquilo, que volverían a las nueve de la mañana del día siguiente porque sería entonces cuando me dejaría ir, que era el protocolo. Me pareció entender a un policía que confirmaba la secuencia. A pesar de que todo ello me dio tranquilidad, no se borró por completo de mi mente la acusación que habían hecho sobre mí los dos individuos que me abordaron en la calle: ser un “espía francés”. Como llevaba muchas horas sin beber, pedí a los policías si me podían traer agua, y estos autorizaron a mis amigos para ir a comprar una botella grande de agua fresca. Me la trajeron y me la entregaron a través de los barrotes sin ningún problema, luego, los hicieron marchar de la comisaría.

De nuevo mis dos compañeros de celda y yo, solos en el calabozo. El vestíbulo de la comisaría se fue vaciando. Por la puerta se podía intuir la noche cerrada de Ouaga. Uno de los uniformados nos abrió el calabozo y mis dos camaradas me indicaron que salíamos para ir a hacer pis. Fue un momento reconfortante, pues tenía muchas ganas de poder vaciar mi vejiga, pero fue eso, solo un momento, porque cuando nos sacaron a la explanada de la que disponía la comisaría, entendí que esa amplitud era la toilette. Y, claro que intenté hacer pis, pero teniendo un policía unos metros más atrás observándote, hizo que mis intentos fueran baldíos. Me iba girando de cuando en cuando para hacerle entender a mi guardaespaldas que yo no conseguía orinar, pero no pareció inmutarle. Así que, cuando de los tres arrestados ya solo quedaba yo y, cuando ya había pasado un tiempo más que razonable, decidí regresar y comentarle al guardia que me había sido imposible miccionar. Como antes, tampoco pareció que le inmutara, aunque debo decir que su actitud fue muy afable en todo momento. También debo mencionar algo que me llamó poderosamente la atención, y que no fue otra cosa que la cordialidad y complicidad que manifestaban mutuamente los otros dos detenidos y sus guardianes. Después de un intento fallido de hacer pis, me encontraba de nuevo en el calabozo. Mis dos compañeros de celda se estiraron en las esterillas del suelo medio encogidos, debido a la estrechez del sitio. Las luces  del vestíbulo y estancias anexas se fueron apagando todas. En cuestión de minutos todo el lugar se sumió en una profunda oscuridad. Yo también decidí estirarme en el piso para poder descansar. El miedo seguía metido en  mi cuerpo. La incertidumbre y la zozobra tampoco ayudaban mucho. No sabía cómo iba a desarrollarse el día siguiente y, aunque la denuncia que sobre mí habían hecho los dos individuos era muy grave, me convencí a mí mismo de que a las nueve de la mañana me soltarían sin mayor complicación. Estuve rezando durante un rato y, posteriormente, traté de dormir. Pero fue solo eso, tratar, porque dormir me era imposible por las muchas ganas que tenía de hacer pipí. Había bebido mucha agua y no había podido aliviarme en el momento que tocaba. Me esforcé en contener las ganas de ir al baño pero solo pude aguantar dos o tres horas, luego llegó un momento en el que debía actuar y avisar a algún funcionario.

No quedaba nadie en la sala anexa, todo estaba oscuro, excepto una rendija de luz que asomaba por debajo de la puerta de la sala de investigaciones, y mi estancia solo dejaba entrever en la penumbra. Mis dos compañeros durmiendo y yo con la necesidad de llamar a un guardia. Pensé que no debía despertar a las dos personas que dormían junto a mí desde hacía rato, así que comencé a llamar en voz baja a ver si acudía alguien. Era inútil, no acudía nadie, así que tuve que ir elevando el tono de voz hasta que, en lugar de advertir a un policía, se despertaron los dos hombres que yacían en el suelo. Mi temor era que se hubieran enojado por romperles el sueño, pero enseguida me di cuenta de que no estaban molestos, por lo que les expliqué que estaba intentando llamar a un funcionario policial pero que no conseguía que viniera. Me dijeron que no tenía que llamarlos ni tampoco vocear, sino que debía dar golpes en los barrotes de la reja. A pesar de mi sorpresa y mi ignorancia con respecto a las conductas o códigos de las prisiones, hice caso a la recomendación y, dicho y hecho, a los pocos segundos tenía ante mí a un guardia que me alumbraba con la linterna de un móvil. Le expliqué mi necesidad y, tajantemente, dijo algo como “Dans le bidon”, y luego miró a uno los hombres que estaba conmigo. Este, me acercó una botella de plástico de agua vacía y, cuando me giré, el policía ya se había marchado, y con él la luz de su linterna. Estaba prácticamente a ciegas, pero mi necesidad fisiológica en esos momentos era imperiosa. Una vez pude haber hecho pis, dejé la botella, intuitivamente, cerca de la reja y volví a acurrucarme en el piso, lo más alejado que pude del enrejado, de manera que casi rozaba a uno de mis compañeros de celda, después de cuestionarme que si la humedad que había visto al entrar en el calabozo era toda ella debido al agua. Aún estuve un tiempo con pensamientos inquietos, pero finalmente pude relajarme y dormir unas horas.

Por la mañana, no sé qué hora sería, la luz natural que se colaba por el vestíbulo y la luz artificial que se filtraba por las claraboyas me despertó. Se oía el bullicio típico del trasiego de una oficina y, rápidamente, me percaté que era la hora del cambio de turno de la mañana. Funcionarios arriba y abajo y el murmullo típico del saludo de muchas personas. Pero no estaban mis amigos; ¿serían ya las nueve? Seguía desorientado en cuanto al paso del tiempo. Los tres ocupantes del calabozo nos sentamos y, al cabo de un tiempo indefinido, comenzaron ya a entrar ciudadanos en la comisaría. No a mucho tardar, un policía nos abrió la celda y mis compañeros me dijeron que íbamos a lavarnos. El agente nos acompañó hasta una edificación en la que en su interior había tres letrinas, tres lavabos o lavamanos y tres teteras de plástico (muy comunes en Uagadugú para lavarse manos, cara y pies). Aunque tenía ganas de ir al baño, decidí reprimirlas debido al estado en que se encontraba el equipamiento, así que cogí una tetera y salí fuera, donde había un grifo para llenarla. Me aseé cuanto pude, y de nuevo volvimos a la bartolina, sin bien, antes tuve que entregar mi bandolera en lo que yo entendí que sería una simple custodia. El trato que recibimos mientras estuvimos detenidos fue correcto, es más, algunos policías se mostraron muy empáticos en todo momento y se interesaron por si necesitaba algo. Los dos detenidos que había conmigo mostraban mucha familiaridad en las charlas que mantenían con los guardianes, es más, ¡a uno de los detenidos le trajeron su teléfono móvil! Y desde el calabozo hizo un par de llamadas con total normalidad, yo no lo hubiera imaginado nunca. La espera se me hacía incómoda pero, al fin, aparecieron distintos vecinos y distintos responsables de la organización (alguno se había sumado a los de la noche anterior). Pensé que en breve me dejarían salir.

Les pregunté la hora: las nueve en punto. Todo iba según lo previsto. Pero el tiempo pasaba y allí nadie hacía ningún movimiento. Absorto en mis pensamientos, un funcionario nos preguntó si queríamos un sándwich y un nescafé para desayunar. Pedí agua en lugar de la infusión, nunca me ha gustado el café. Por fin, mis colegas pudieron entrar en la sala de investigaciones. Allí (luego lo supe) les pidieron documentación de la entidad, y uno de ellos fue a buscarla.  Poco después salieron de la estancia y al inquirirles cómo iba todo, simplemente me mostraron el pulgar hacia arriba. Convencido de que era cuestión de minutos el que me liberaran, me senté tranquilamente en el suelo. Entonces, me llamaron a mí, era el turno para interrogarme y para poder declarar de nuevo. Preguntas, muchas de las cuales parecían irrelevantes. Volví a explicar lo sucedido. Después, de vuelta al calabozo. Al rato, sacaron a mis compañeros de celda; me quedé solo en ese cuchitril. Tenía hambre, pero intuí que ya habían servido el desayuno. Pasaban los segundos, los minutos, incluso las horas. Aunque por los barrotes mis amigos me gesticulaban un OK, yo presentía que algo no iba bien. Eran ya más de las 12 del mediodía. De nuevo mis allegados entraron en la estancia donde me habían interrogado, y de nuevo salieron sin ninguna novedad. En ese momento tuve realmente mucho miedo de que la Policía diera crédito a las acusaciones que los dos individuos que me habían acometido el día de antes en la calle habían hecho sobre mí. Me puse de pie; mis peores pensamientos comenzaron a dispararse: ¿Cómo serían las cárceles del país? ¿Sería capaz de resistir varios años en una prisión de allí? ¿Sería capaz de convencer de mi inocencia a un tribunal frente al disparate de acusación que se me hacía? Reconozco que no tengo ni idea de las normas de la magistratura burkinabé. Luego, me acordé de mi familia y de mis amigos: ¿Podría ver a mis seres queridos antes de ingresar en prisión o tardaría años en reencontrarme con ellos? Fueron momentos muy angustiosos y de mucho temor, en los cuales recé mucho aunque, posiblemente, Dios no esté para este tipo de casos cuando en todo el mundo hay millones de personas que están padeciendo lo insufrible día tras día. Pero, para un católico, la oración es reconfortante. Luego, cambié de chip y comencé a cavilar en cuántas cosas me quedaban por hacer en esta vida, cuestiones ineludibles que, sí o sí, tenía que hacer (y más yo, con lo cabezota o tenaz que soy) y, ¡joder; nunca hubiera imaginado que mi lista de asignaturas pendientes fuera tan larga! Si hubiera tenido que escribirlo todo en papel, no sé cuántas hojas hubiera necesitado. Y prestar atención a estos propósitos hizo que volviera a vigorizarme. Aprovechando que estaba solo, medí con mis pasos las dimensiones del espacio donde me encontraba, pues una de las cosas de mi lista era el escribir, fuera cuando fuese, una crónica del suceso. Mientras seguía ensimismado en mis reflexiones, volvieron a requerirme en la sala de declaraciones, donde también entraron varios de mis camaradas. Una vez allí, como no podía presentar ni el pasaporte ni el visado, pidieron que uno de mis amigos fuera a la maison a buscar mi documentación. Luego, comenzó el interrogatorio; esta vez fue más directo, y hubo una pregunta doble de las que me hizo el oficial que llevaba la investigación que me indignó: “¿Por qué haces fotos de la miseria de Burkina faso? ¿Quién te envía, para quién trabajas?”. No sé si medí bien el tono de mi respuesta, pero le repliqué de un modo categórico. Recuerdo que más o menos le dije: “Yo no hago fotografías de la miseria de Burkina Faso. Yo no he hecho ninguna foto de la miseria de nadie. Yo hago fotos de la felicidad de la gente de Burkina Faso y de su resistencia ante las adversidades, que es de admirar. Por favor, coja mi teléfono móvil del cajón, le vuelvo a poner la contraseña y mire toda la galería de fotos y vídeos a ver si hay uno solo que no sea correcto”. El oficial que llevaba la investigación no sacó mi celular y cambió radicalmente la temática de sus preguntas. Luego de responder a mi interrogador, me sentaron frente a otro policía que siguió preguntándome y me inquirió sobre lo ocurrido para que se lo contara de nuevo. Otra vez estaba contando lo sucedido cuando me interrumpió y me preguntó, de manera enfática, si no sabía que Burkina Faso estaba en revolución. A día de hoy, aún no sé si se refería a que hay una guerra contra terroristas yihadistas o que el país está viviendo una revolución sociopolítica desde 2022, año en que el capitán Ibrahim Traoré toma el poder de la nación. Acabadas las preguntas, de vuelta al calabozo.

lista
Recreación con IA

En la celda, seguí meditando en todo aquello que tenía pendiente por hacer. De este modo, mantenía mi mente ocupada en aspectos motivadores mientras iban pasando las horas. Se debió pasar también el turno de mi comida mientras estaban interrogándome, pero no importaba, la verdad es que ya no tenía hambre. El tiempo iba transcurriendo inexorablemente y todo seguía igual, sin cambios. Y así llegamos hasta las 14:00 h, momento en el cual me sacaron del calabozo y me hicieron sentar en una silla del vestíbulo. A unos metros estaban mis amigos, pero cuando fui a sentarme cerca de ellos para poder hablar, un policía me lo impidió y me dijo que no podía moverme de mi sitio. A pesar de esta pequeña contrariedad, el hecho de haberme sacado de la celda me había devuelto la esperanza en que pronto se iba a arreglar todo. Habría pasado una hora cuando, de pronto, salió el investigador principal y me ordenó que le siguiera mientras, uno de los dos únicos funcionarios que fueron poco considerados, me apretó el brazo para que no me entretuviera. Fui con el oficial y salimos a la explanada y, una vez allí, nuestros pasos se dirigían hacia un edificio de cuya existencia aún no me había percatado. Parecía una edificación grande y, mientras íbamos caminando hacia la instalación, me sobrevino la más perturbadora de las ideas: nos encaminábamos hacia la cárcel donde ingresaría a la espera de un juicio. El lapso de tiempo que pasó desde entonces hasta llegar a la edificación se me hizo eterno cuando, en realidad, no habría llegado ni a un minuto. Pero, una vez entramos en el inmueble, me percaté de que había varias puertas con los letreros de subcomisario y comisario y de que no había rejas por ningún lado. De nuevo, la montaña rusa de mis emociones volvió a situarse en un estado de calma. Me hicieron entrar en un despacho donde se encontraban el comisario y el subcomisario, cerraron la puerta y nos quedamos únicamente los tres.

No tardé en descubrir lo afables que eran esas dos personas. A pesar de que estaban al tanto de todo, ellos también quisieron oír mi versión de los hechos, así que repetí, una vez más, lo sucedido. Entre las cuatro palabras del francés que había aprendido desde que estaba en Burkina Faso, mi inglés de batalla y algunas recurrencias al español cuando no conseguía expresar determinadas ideas conseguí hilvanar bien el relato. El diálogo que manteníamos era divertido, incluso nos echamos unas risas, aunque el momento álgido fue cuando el comisario, antes de estallar en una sonora carcajada, le dijo al subcomisario: “Yo no sé inglés, pero a este lo estoy entendiendo”. La actitud de estos agentes hizo que me relajara totalmente y, antes de salir de ese despacho, entendí que dijeron algo como que esta persona no es un espía y, además, está trabajando junto con la gente de la región.

Una vez acabada la conversación, nuevamente apareció quien parecía ser el responsable de la investigación, y me condujo a la comisaría. Durante el trayecto, el policía estuvo hablando por teléfono con el presidente de la ONG española, con quien también yo pude hablar. El responsable de la oenegé me dijo que estuviera tranquilo, que estas cosas podían pasar y que, seguramente, me harían pagar una multa y me dejarían marchar. A pesar de que no me gustó oír lo de la posible multa (no por el dinero, sino por amor propio, pues yo no había hecho nada ilícito), me alegré sobre manera de esas palabras. Nuevamente y, de manera errónea, creí que sería cuestión de minutos el que me dejaran libre.

Al llegar al edificio de la comisaría, nos dejaron permanecer en el porche exterior. Yo me iba a quedar de pie, pues pensaba que en breve efectuaríamos algún trámite burocrático y zanjaríamos por completo el malentendido, pero el oficial me hizo sentar en una silla y me dijo que no me moviera; todavía no estaba solucionado el tema. Se quedó con nosotros otro policía y, como eran ya más de las 16:00 h, me preguntó si había comido. Como mi respuesta fue negativa, me propuso que alguno de mis amigos me fuera a buscar una banana u otra cosa para comer. Como el ambiente estaba distendido, le di las gracias y, haciendo un poco de broma, le dije que no hacía falta, que con el susto se me había quitado el hambre; nos echamos unas risas. A pesar de que hubo un momento a partir del cual nos dejaron sin vigilancia, ya habían pasado dos horas desde mi visita al comisario y subcomisario, y todavía no había visos de que nos dejaran marchar. Entonces, apareció de nuevo el agente que llevaba el caso y comenzó a hacernos nuevas preguntas a todos. Requirió una copia de mi pasaporte y mi visado y, no sé si porque allí no tenían fotocopiadora, un compañero tuvo que ir a la sede de la asociación a sacar las copias que se quedarían en la jefatura. Parecía que las interpelaciones no se acababan nunca porque, después de indagar sobre nosotros, el investigador centró sus pesquisas en la ONG española y en la contraparte local. Llegó un punto en el cual nos hizo saber que no conocía la asociación con sede en Uagadugú, y que quería ir a comprobar que le decíamos la verdad y que, realmente, existía la casa matriz y que vivían varias personas en ella. Así que, junto a un trabajador de la entidad, se encaminó hacia la maison. Una vez hechas todas las comprobaciones pertinentes y, ya de vuelta a la comisaría, continuaron las preguntas; parecía un nunca acabar. Eran ya más de las siete de la tarde, y seguíamos allí. El interrogador volvió a su despacho, mientras nosotros permanecíamos fuera con la incertidumbre de cuál sería el desenlace de ese episodio. Sobre las 19:30 h salió de nuevo el responsable de la investigación y, en esta ocasión, sí que nos dijo que ya nos podíamos marchar pero que, primero, pasara a recoger mis pertenencias por la garita. Aunque todo indicaba que, en esta ocasión, sí que me pondrían en libertad, mantuve el ánimo contenido debido a los precedentes del día.

En la garita había varios funcionarios. Comenzaron a sacar mis cosas y a ponerlas sobre una mesa de madera. Mi sorpresa vino cuando fueron poniendo una a una absolutamente todas mis tarjetas, credenciales y anotaciones en papel sobre el tablero. Habían registrado todo hasta el milímetro (¡Y yo que pensaba que me habían requerido la bandolera para custodiarla!). Me hicieron contar el dinero que me devolvían, tanto cefas como euros. Uno de los agentes iba tomando nota de todo manualmente en un libro de registro. Cuando al fin me habían devuelto mis pertenencias, me di cuenta de que faltaba una segunda SIM española que, aunque le doy un uso muy restringido, no quise pasarla por alto. Así que, dirigiéndome al jefe de la investigación, le comenté que faltaba esa segunda tarjeta del teléfono móvil y que, aunque no tenía mucha importancia, agradecería si la tuvieran que me la regresaran. Esta vez, ese hombre altivo y poco considerado hasta el momento, amablemente me dijo que estaría en su despacho, y salió a buscarla. En el entretanto, los dos subalternos de la garita me dieron conversación futbolera y acabamos hablando, cómo no, de Barça y Madrid. Al poco, regresó el superior y me entregó la tarjeta. Les di las gracias a todos ellos, me despedí cordialmente de ellos y, con los ánimos ya en su sitio, me permití despedirme de él con un apunte de humor sobre la cámara y las famosas fotos. Y es que, a día de hoy y, aunque yo ya conocía los motivos gracias a la hermana intérprete de mi amigo, en ningún momento la Policía burkinabé me ha informado, ni de manera oficial ni de modo informal, por qué me detuvieron y por qué me investigaron. En ningún momento me mostraron ni una sola foto ni un solo vídeo de mi móvil que hubieran incumplido ni un ápice las normas de Burkina Faso. Me liberaron sin cargo alguno y sin pagar ni un solo cefa de multa.

Eran ya más de las ocho de la tarde cuando salimos del recinto, poniendo fin a un episodio que se prolongaba ya más de las 24 horas. Entonces, nos dirigimos todos a la maison, donde nos esperaban otros compañeros. Una vez en casa, fue el momento de los abrazos, de los agradecimientos y de las mil preguntas entre unos y otros, pues todos estábamos algo desconcertados por la casi nula información que nos habían dado en la comisaría. No sé durante cuánto rato estuvimos hablando animadamente, pero la celebración no se extendió excesivamente en el tiempo, pues la vida no se para y, menos aún, en Ouaga. Así que, tras todas las congratulaciones y achuchones, cerramos la velada, pues a las seis de la mañana comenzaba para todos una nueva e intensa jornada de trabajo.

amanecer
Recreación con IA

He intentado reproducir lo más fielmente posible a la realidad el suceso acontecido. Lejos de querer dar lecciones a nadie, y sabiendo que muchos habréis vivido situaciones parecidas o más complejas, me permito compartir un par de aprendizajes prácticos por si a algún viajero le pueden servir. Llevad siempre encima una copia del pasaporte y del visado (este último, en caso de disponerlo). En caso de detención policial, mantened la calma y seguid en todo momento las instrucciones de los agentes; sostened siempre la misma versión de los hechos (la verdad) y mostraos seguros al relatarla. Distraed vuestra mente con aspectos motivadores de vuestra vida y, los que seáis creyentes, dedicad también un espacio a la oración (no importa si sois cristianos, musulmanes, judíos, hinduistas…), os reconfortará. Confiad siempre en la verdad y mantened el temple en todo momento.

Finalmente, ya que no estamos ante un artículo de opinión ni ante una crónica que pueda justificar un debate posterior, he decidido suprimir la posibilidad de realizar comentarios en este escrito.