domingo, 16 de agosto de 2026

Las lenguas de la tierra: De las voces de Burkina Faso a nuestro aragonés oriental

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Alizeta, Djafar y Héctor conversando en el porche de la maison.
Uagadugú, agosto de 2026.

La vida en la calle en Burkina Faso es auténtica y natural en todos los sentidos. La gente tiene en la calle un lugar donde expresarse, conversar, socializar, encontrarse, trabajar, tomar el té, ayudarse, hacer tratos y negocios, exponer el cultivo de la tierra a la vez que artículos sofisticados, rezar, jugar, ver fútbol por la televisión, dormir, comer, beber o simplemente preguntarse: Mãnã wãna? (¿Cómo estás?) Laafi (bala) (Todo bien). Este saludo y su respuesta son los más extendidos en las calles de su capital, Uagadugú, donde la inmensa mayoría de la gente habla la lengua mooré. Pero en este país, situado en el corazón del África occidental, se hablan, al menos, 66 lenguas autóctonas  según lo recoge el Ethnologue: Languages of the World

Las lenguas oficiales del Estado son el mooré, diula y fula (conjuntamente con el bissa en algunas disposiciones territoriales). El francés está considerado como una lengua de trabajo, y se utiliza, sobre todo, en los organismos profesionales, oficiales e internacionales, la administración y la enseñanza. El francés lo sabe hablar entre el 23% y el 24,5% de la población, según la Organización Internacional de la Francofonía (OIF).

Pero, dejando de lado los fríos datos estadísticos, adentrarse en los mercados y mercadillos del país es descubrir todo un mundo idiomático en el que cada cual habla su lengua sin normas oficiales restrictivas ni limitadoras y sin preceptos enjabonados en una presunta superioridad científica de supuestas academias y de académicos de renombre y despacho. No hay conflictos, todos se entienden y nadie quiere imponer idiomas, se entremezclan las lenguas propias del país con el francés; la pequeña lengua diula, sin embargo, funciona como el gran idioma comercial en la zona oeste del territorio y, además, los pocos nasaardõma (plural de nasaara, que significa ‘persona blanca’ en mooré) que se localizan pueden hablar, sin problema y sin miradas fiscalizadoras, otros idiomas, sobre todo el gestual, para intentar hacerse entender y que la comunicación sea más o menos inteligible.

Todas las lenguas que se hablan en Burkina Faso reflejan la verdadera alma, historia y memoria de sus pueblos. La lengua que se aprende en casa, la de padres y abuelos, transmite un cariño y una forma de entender la vida que ninguna lengua global, foránea o de más o menos prestigio puede sustituir.

Con todo este contexto cultural y afectivo no es de extrañar que, una vez sociabilizado y haber hecho conocidos y amigos, me encuentre en ese momento de avidez y de instrucción, con un matiz nostálgico, de intercambiar léxico y expresiones del mooré con sus paralelos del aragonés oriental o chapurriau. Y es que toda lengua materna transmite identidad y afecto, es el alma del pueblo. Cuando estás en un lugar distante y llevas semanas escuchando a la gente hablar diaria y espontáneamente en sus lenguas nativas, te viene a la memoria toda una carga de términos y giros únicos aragoneses que están seriamente en peligro de extinción a punto de ser fagocitados por lenguas más influyentes en la sociedad en la que vivimos. Pero esas expresiones idiomáticas forman parte de la personalidad de nuestros pueblos. Cuanto más oigo hablar en mooré, incluso en diula o fulfulde, más trascendencia les doy a las lenguas autóctonas, incluido nuestro aragonés oriental o chapurriau.

La riqueza lingüística de Burkina Faso, como la de Aragón, forma parte del territorio. En Ouaga tenemos el ejemplo más claro de la perfecta cohabitación y sintonía entre lenguas, la gente convive integrándolas con naturalidad, saltando de una a otra en la conversación cotidiana para entenderse, exactamente igual que hacemos en el Aragón oriental, a pesar de esos catastrofistas que advierten de que el bilingüismo es un quebranto y, casi casi, una traición a nuestra lengua materna y que, para solucionarlo, nos ofrecen la resolución de sustituir nuestro idioma por otros más poderosos y hercúleos que, aunque parecidos, distan mucho de representarnos. Si algo observo en Burkina Faso, es que valoran mucho lo propio, y eso incluye preservar las lenguas locales, que no es sino cuidar la biodiversidad cultural. Por ende, también podemos decir que amar y defender el aragonés oriental o chapurriau es enriquecer a todo Aragón y a España, no restar. El usar los autoglotónimos aragonés oriental, chapurriau, chapurreat, chapurreao… no es más que dignificar el propio idioma, transmitido de generación en generación desde hace siglos. El ejemplo más claro lo encontramos, curiosamente, en el endónimo Burkina Faso. Como comentamos en un artículo anteriorel término está compuesto por dos palabras de las dos lenguas autóctonas más habladas y extendidas del país con la finalidad de cohesión nacional. La palabra burkina proviene del mossi (mooré), mientras que faso procede del diula (yulá). La primera significa persona u hombre íntegro, honesto, orgulloso, recto, persona de honor, incorruptible (referido a alguien que no se deja corromper), hombres íntegros o comunidad de personas honestas. La segunda significa patria, casa del padre, casa paterna, país, territorio, tierra natal. Así, la palabra compuesta toponímica resultante, Burkina Faso, significa Patria de los hombres íntegros (haciendo un uso androcéntrico o genérico de la palabra burkina [personas])”. Asimismo, la pluralidad de términos que usamos en aragonés oriental o chapurriau es algo que hace más interesante el idioma; por ello, que, por ejemplo, digamos chicarró/ona, chiquet/a, nino/a… para decir “niño/a” (biiga en mooré) o astí, aquí, así, ací [azí]… para decir “aquí” (ka o kaanẽ en mooré) no es ni una disfunción ni una contrariedad, sino una muestra de la riqueza lingüística de la que disfrutamos los aragoneses.

No importa si estás en un pueblito de la zona oriental de Aragón, en una gran ciudad de Asia o al este o el oeste del uagadugués Wemtenga, cuando la gente habla el idioma de  sus antepasados, habla desde la verdad y el afecto. Siempre que se viaja para permanecer durante una estancia larga en algún lugar longincuo, las palabras aprendidas en su infancia acompañan de forma perenne y fiel a todo cronista.

Bilfou! 

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