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Alizeta, Djafar y Héctor conversando en el porche de la maison. Uagadugú, agosto de 2026. |
La vida
en la calle en Burkina Faso es auténtica y natural en todos los sentidos. La
gente tiene en la calle un lugar donde expresarse, conversar, socializar,
encontrarse, trabajar, tomar el té, ayudarse, hacer tratos y negocios, exponer
el cultivo de la tierra a la vez que artículos sofisticados, rezar, jugar, ver
fútbol por la televisión, dormir, comer, beber o simplemente preguntarse: —Mãnã
wãna? (¿Cómo estás?) —Laafi (bala) (Todo bien). Este saludo y su respuesta son los más
extendidos en las calles de su capital, Uagadugú, donde la inmensa mayoría de
la gente habla la lengua mooré. Pero en este país, situado en el corazón del
África occidental, se hablan, al menos, 66 lenguas autóctonas según
lo recoge el Ethnologue: Languages of the World.
Las lenguas oficiales del Estado son el mooré, diula y fula (conjuntamente
con el bissa en algunas disposiciones territoriales). El francés está
considerado como una lengua de trabajo, y se utiliza, sobre todo, en los
organismos profesionales, oficiales e internacionales, la administración y la enseñanza.
El francés lo sabe hablar entre el 23% y el 24,5% de la población, según la
Organización Internacional de la Francofonía (OIF).
Pero, dejando de lado los fríos datos estadísticos,
adentrarse en los mercados y mercadillos del país es descubrir todo un mundo
idiomático en el que cada cual habla su lengua sin normas oficiales
restrictivas ni limitadoras y sin preceptos enjabonados en una presunta
superioridad científica de supuestas academias y de académicos de renombre y
despacho. No hay conflictos, todos se entienden y nadie quiere imponer idiomas,
se entremezclan las lenguas propias del país con el francés; la pequeña lengua
diula, sin embargo, funciona como el gran idioma comercial en la zona oeste del
territorio y, además, los pocos nasaardõma (plural de nasaara, que significa ‘persona blanca’ en
mooré) que se localizan pueden hablar, sin problema y sin miradas
fiscalizadoras, otros idiomas, sobre todo el gestual, para intentar hacerse
entender y que la comunicación sea más o menos inteligible.
Todas las lenguas que se hablan en Burkina Faso reflejan la
verdadera alma, historia y memoria de sus pueblos. La lengua que se aprende en
casa, la de padres y abuelos, transmite un cariño y una forma de entender la
vida que ninguna lengua global, foránea o de más o menos prestigio puede
sustituir.
Con todo este contexto cultural y afectivo no es de extrañar que, una vez sociabilizado y haber hecho conocidos y amigos, me encuentre en ese momento de avidez y de instrucción, con un matiz nostálgico, de intercambiar léxico y expresiones del mooré con sus paralelos del aragonés oriental o chapurriau. Y es que toda lengua materna transmite identidad y afecto, es el alma del pueblo. Cuando estás en un lugar distante y llevas semanas escuchando a la gente hablar diaria y espontáneamente en sus lenguas nativas, te viene a la memoria toda una carga de términos y giros únicos aragoneses que están seriamente en peligro de extinción a punto de ser fagocitados por lenguas más influyentes en la sociedad en la que vivimos. Pero esas expresiones idiomáticas forman parte de la personalidad de nuestros pueblos. Cuanto más oigo hablar en mooré, incluso en diula o fulfulde, más trascendencia les doy a las lenguas autóctonas, incluido nuestro aragonés oriental o chapurriau.
La riqueza lingüística de
Burkina Faso, como la de Aragón, forma parte del territorio. En Ouaga tenemos
el ejemplo más claro de la perfecta cohabitación y sintonía entre lenguas, la
gente convive integrándolas con naturalidad, saltando de una a otra en la
conversación cotidiana para entenderse, exactamente igual que hacemos en el
Aragón oriental, a pesar de esos catastrofistas que advierten de que el
bilingüismo es un quebranto y, casi casi, una traición a nuestra lengua materna
y que, para solucionarlo, nos ofrecen la resolución de sustituir nuestro idioma
por otros más poderosos y hercúleos que, aunque parecidos, distan mucho de
representarnos. Si algo observo en Burkina Faso, es que valoran mucho lo
propio, y eso incluye preservar las lenguas locales, que no es sino cuidar la
biodiversidad cultural. Por ende, también podemos decir que amar y defender el
aragonés oriental o chapurriau es enriquecer a todo Aragón y a España, no
restar. El usar los autoglotónimos aragonés oriental, chapurriau, chapurreat,
chapurreao… no es más que dignificar el propio idioma, transmitido de
generación en generación desde hace siglos. El ejemplo más claro lo encontramos,
curiosamente, en el endónimo Burkina Faso. Como comentamos en un artículo anterior,
No importa si estás en un
pueblito de la zona oriental de Aragón, en una gran ciudad de Asia o al este o
el oeste del uagadugués
Wemtenga, cuando la gente habla el idioma de
sus antepasados, habla desde la verdad y el afecto. Siempre que se viaja
para permanecer durante una estancia larga en algún lugar longincuo, las
palabras aprendidas en su infancia acompañan de forma perenne y fiel a todo
cronista.
Bilfou!

Que bien expresado.
ResponderEliminar¡Muchas gracias, Mari Carmen! Un saludo.
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